Queridos hermanos, llegamos al
5to domingo de cuaresma con una experiencia única de convivencia hogareña y de
comunicaciones tecnológicas. Aun así, el mensaje de Jesucristo sigue siendo válido
en el propio contexto donde nos encontramos, porque donde haya un acto de amor,
un acto de servicio, un acto de atención al necesitado, en este caso un enfermo,
o controlando que se cumpla la ley, allí está presente el Señor para darle
aliento, suscitando un espíritu servicial, protegiendo a su propia familia.
El evangelio comienza diciendo “había
un hombre enfermo”. Podríamos decir “había una sociedad enferma”. Esa sociedad
es aquella que vive una o varias “grietas”, motivadas por prejuicios y
caprichos. Es aquella donde se manifiestan las luchas por diferencias políticas,
ideológicas, religiosas y que los medios de comunicación se esfuerzan en
resaltar a toda hora, por una cuestión de rating.
Dice el evangelio que Jesús después
de enterarse de que su amigo Lázaro estaba muy enfermo, siguió haciendo sus
cosas, y al final su amigo, hermano de Marta y María murió. Hoy la sociedad se lamenta de tantos
muertos por el coronavirus y aparentemente Dios está ausente. Sin embargo, nos
enteramos que muchos están sanando, se están recuperando, están volviendo con
sus familias, como una forma de resurrección.
Decir que el mundo con sus
guerras, con sus antipatías, sus muertes por razones xenofóbicas, políticas, religiosas,
huele mal, igual que Lázaro después de cuatro días de muerto.
Hoy, mientras vivimos esta particular cuaresma, vivimos la presencia de un enemigo común, que no respeta sexo, edad, religión, culturas. Este signo de estos tiempos nos
dicen que Dios espera de nosotros que volvamos a Él y lo reconozcamos como único
salvador de nuestra condición de pecadores, porque en definitiva alguna vez nos
iremos de este mundo para resucitar gloriosos con un cuerpo nuevo y un espíritu
purificado. No escondamos nuestra
esperanza.
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