Queridos hermanos, mientas
esperamos gozosos la bendición Urbi et Orbi que el Papa Francisco impartirá hoy
a todo el mundo, haciéndose eco del flagelo que azota al mundo por esta
pandemia, nos internamos en la Palabra del evangelio, donde Jesús enseña. Aquella persona a quien sus contemporáneos
llamaban maestro, durante su vida pública se dedica a enseñar, a transmitir la
buena noticia, la venida del Reino, el perdón de los pecados, la salvación a
todos los hombres, pero sin embargo no todos entienden ni aceptan ese mensaje. Igual
que hoy. Es más, en estos tiempos se vuelve a poner en duda su presencia, su
mensaje, su origen, su intención, como si las leyes económicas y financieras fueran
las que gobiernan el mundo y sus circunstancias.
Si el hombre es tan dado de sí
mismo, si se siente tan completo y autosuficiente, ¿por qué un ser tan
diminuto, prácticamente invisible, ha producido tantas alteraciones e
inconvenientes en los sistemas de salud, en las más importantes empresas de transporte
del mundo, en las bolsas de comercio, aun
en el diario vivir y convivir de las familias, sin respetar edades, culturas,
razas ni religiones?
Seguramente hay razones de estrategia
y de inversión que no se han hecho, pero también para los católicos sucede que
no se ha escuchado al verdadero maestro.
Decimos que lo conocemos a Jesús pero no hacemos lo que nos dice, que lo
urgente supera a lo importante y que nuestras propias razones siempre están primeras
en la lista. Si no fuera así, por que se desobedece tanto las restricciones a
la cuarentena?
En este tiempo de cuaresma, con
una cuarentena impuesta por las circunstancias, volquémonos a la oración, al
ayuno y a la limosna por tantas necesidades que están surgiendo. Sabremos decir
así que hemos escuchado al verdadero maestro que es Jesús. Bendiciones.
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